Hoja de expresión unitarista en la web.

Un Nuevo Estandarte Rojo.

A medida que se aleja la perspectiva de una victoria alemana, no es ya la esvástica el símbolo de las esperanzas de Drieu, sino la hoz y el martillo. El 27 de diciembre de 1942, mientras que en Stalingrado arrecia la batalla que señalará el principio del fin para el Eje, el escritor anota en su Diario: “Moriré con bárbaro gozo pensando que Stalin será el amo del mundo. Por fin un amo. Es bueno que los hombres tengan un amo que les haga sentir la feroz omnipresencia de Dios, la voz inexorable de la ley”.

En su, por lo demás, loable y penetrante “Introducción al Diario 1939-1945 de Drieu”, Julien Hervier(1) intenta explicar “el origen de esta adoración por un poder paterno, político y divino” (p.45) recurriendo a los manoseados tópicos acerca de “la relación con el padre”. La misma “explicación”, obviamente, debería servir para el deseo que se formula en fecha 24 de enero del 43: “Ah, que mueran también todos estos burgueses, se lo merecen. Stalin los degollará a todos y después a los judíos… quién sabe. Eliminados los fascistas, los demócratas permanecerán solos frente a los comunistas: paladeo la idea de este tête-tête. Disfrutaré desde la tumba”.

Pero, al margen de la interpretación sicoanalítica, Hervier esboza también otra, según la cual la opinión de Drieu “no hace más que acompañar el curso de los acontecimientos” (p.45), en el sentido de que las simpatías de Drieu por la Unión Soviética se deberían al hecho de que “los rusos son más fuertes que los alemanes, Stalin más fuerte que Hitler” (p.46). ¡De donde se deriva el perfil inédito y peregrino de un Drieu La Rochelle oportunista, “víctima de una forma de oportunismo intelectual que le impele a alinearse una y otra vez con el más fuerte”! (p.46).

A semejante diagnosis psicológica le añade Hervier otra de carácter ideológico, acusando políticamente a Drieu de no tener las ideas lo bastante claras sobre las doctrinas fascista y comunista: “Con arreglo a las victorias y a las derrotas rusas y alemanas, Drieu caerá en una permanente oscilación entre las dos ideologías contendientes del fascismo y del comunismo, demostrando cuán endebles eran las raíces de sus convicciones”(p.47).

Sin embargo, estas desafortunadas valoraciones son posteriormente superadas y en cierto modo rebatidas por el propio Hervier, que al final se muestra capaz de captar el sentido más genuino de la “conversión” de Drieu: “El tránsito de Drieu desde el fascismo al comunismo es a fin de cuentas más geopolítico que ideológico, siendo incluso racista, en la medida en que ve a los rusos a un pueblo joven que sobrepuja a los alemanes. La única constante de su pensamiento político es la idea de Europa: la realización será cometido, si no de los alemanes sí de los rusos” (p.47; la cursiva es nuestra). En resumen, hacia el final de la segunda guerra mundial y de su propia vida Drieu ve en el Ejército Rojo el único instrumento histórico capaz de sustituir a los ejércitos del Eje en la construcción de la unidad continental.

Más adelante Hervir acierta a señalar la otra constante del pensamiento de Drieu: “Lo único estable que subsiste es si acaso una repugnancia, un rechazo: el odio visceral a la democracia” (p.48, cursiva nuestra).

Para probarlo se cita la parte final de esta entrada de 29 de marzo del 44: “En todo caso, saludo con alegría el advenimiento de Rusia y del comunismo. Será atroz, atrozmente devastador, insoportable para nuestra generación que perecerá toda de muerte lenta o inesperada, pero esto es mejor que el regreso de la decrepitud, del mal gusto anglosajón, de la restauración burguesa, de la democracia rancia”. Un fragmento análogo lleva fecha de 2 de septiembre del 43: “Y por otra parte mi odio por la democracia me hace desear el triunfo del comunismo. En ausencia del fascismo […] sólo el comunismo puede poner al Hombre contra la pared obligándole a admitir de nuevo, como no sucedía desde la Edad Media, que tiene unos Señores. Stalin, más que Hitler, es la expresión de la ley suprema”. Tras la derrota del fascismo, la autocracia soviética permanece como única alternativa a la democracia y al individualismo, productos de la décadence: “Lo que me gusta del triunfo del comunismo es no solamente la desaparición de una burguesía despreciable y obtusa, sino también el encuadramiento del pueblo y el renacer del antiguo despotismo sagrado, de la aristocracia absoluta, de la teocracia definitiva. Desaparecerán así todos los desatinos del Renacimiento, de la reforma, de la revolución americana y francesa. Se vuelve a Asia; que es lo que necesitamos” (25-IV-43). En cuanto al marxismo, no es preciso dejarse engañar: se trata de una enfermedad pasajera que no compromete la salud básica del organismo ruso. Infinitamente más grave es el mal americano. ” Debemos desear –escribe Drieu el 3 de marzo del 43- la victoria de los rusos antes que la de los americanos. […] los rusos poseen una forma, mientras que los americanos no la tienen. Son una raza, un pueblo; los americanos son una caterva de híbridos. Cuando se tiene una forma, se tiene una sustancia; pues bien, los rusos tienen una forma. El marxismo es una enfermedad de crecimiento dentro de un cuerpo sano. Pensábamos que ese cuerpo magnífico estaba podrido, pero no es así”.

Consideraciones de este género se hacen más frecuentes en el transcurso de 1944. El 10 de junio Drieu escribe: “Vuelvo la mirada a Moscú. En la caída del Fascismo mis últimos pensamientos se dirigen al comunismo. Confío en su victoria, que no me parece asegurada de modo inmediato, pero sí probable a un plazo más o menos largo. Anhelo el triunfo del hombre totalitario sobre la tierra.”. El 28 de junio: “Nada me separa ya del comunismo, nada me ha separado nunca excepto mi atávica desconfianza de pequeño burgués”. El 20 de julio: “Imagino una solidaridad in extremis entre dictadores: Stalin ofreciendo ayuda a Hitler y a Mussolini, al darse cuenta que, si permanece como el único de su especie, está perdido. Pero sería demasiado bonito. Elegirá colonizar directamente Alemania”. El 26 de julio: “Los rusos se acercan a Varsovia. ¡Hosanna! ¡Hurra! Es mi grito de hoy”. El 28 de julio: “Tendría una sola razón para sobrevivir: luchar en el bando ruso contra los americanos. […] Del mismo modo podría hoy entregarme al comunismo, en la medida en que han asimilado ya todo lo que amaba del fascismo: gallardía física, voz de la propia sangre dentro de un grupo, jerarquía viviente, noble reciprocidad entre débiles y fuertes (en Rusia los débiles están oprimidos, pero reverencian el principio de la opresión). Es el mundo de la monarquía y de la aristocracia en su principio vital”. El 7 de agosto: “Monarquía, aristocracia, religión están hoy en Moscú y en ningún otro sitio”. El 9 de agosto: “Moscú será la Roma final”. Y así hasta las últimas páginas del “Diario”, en las cuales Drieu reafirma un concepto ya expresado repetidamente, por ejemplo el 10 de septiembre del 43: “La conclusión lógica del comunismo es la teocracia. […]. Probablemente Stalin aceptará un compromiso, como Clodoveo. Para él la Iglesia constituirá otra leva contra los anglosajones”, manifestando la confianza en que los rusos consigan “espiritualizar el materialismo” (20 de febrero del 45).

Es precisamente el mito de la Europa imperial, así como el suplementario “horror” frente a la democracia, lo que constituye el eje alrededor del cual gira el compromiso político de Drieu, desde el primero hasta el último día de su militancia. Siendo éste el referente ideal que nos permite valorar su extrema coherencia cuando señala a la Rusia soviética como el nuevo instrumento histórico para retomar la lucha contra la décadence occidental. Releídos bajo esta luz, los párrafos que han desconcertado a Hervier no demuestran en modo alguno la fragilidad del pensamiento de Drieu (y mucho menos su presunto oportunismo intelectual), sino una línea consciente y radical.

No es el de Drieu un fenómeno único, y ni siquiera raro. Razones análogas a las suyas se encuentran en las adhesiones al comunismo de muchos militantes de los fascismos y de los “falsos fascismos” europeos, que al final de la contienda decidieron seguir combatiendo desde distintas trincheras al enemigo principal: el Occidente capitalista. Sería muy interesante descubrir qué papel han desempeñado los hombres procedentes del bando de los derrotados en las opciones heterodoxas, desde el punto de vista marxista, de algunos gobiernos y partidos comunistas del Este de Europa, o por otro lado conseguir establecer en qué medida la herencia nacionalista, fascista o nacionalsocialista ha podido ser transmitida a los nuevos regímenes. Si bien es sin ningún género de dudas falsa la afirmación según la cual los legionarios rumanos habrían sido “los inmediatos predecesores de los comunistas” en el sentido de que estos últimos habían llevado a cabo las reformas sociales legionarias(2); si resulta igualmente infundado mantener que “ha sido realizada en Hungría y en Rumania la revolución social por la que Szálasi y Codreanu lucharon y que habían preparado(3), no es menos cierto que ciertas reminiscencias son inevitables, cuando se aprecian las acusadas particularidades del “nacional-comunismo” rumano (que por otra parte procedió a una cauta rehabilitación de Antonescu), las tendencias nacional-populares presentes en el seno del partido comunista húngaro (que en el terreno cultural recuperó a los autores de orientación “populista”, incluidos aquellos que habían coqueteado con el nazismo”(4), la permanencia de un cierto estilo “prusiano” en la Alemania Oriental (donde no se permitió la constitución de asociaciones de “víctimas del fascismo”).

Pero sigamos en Italia. Condiciones anímicas e intenciones análogas a las de Drieu no dejaron de manifestarse en el período de la RSI, como lejanas y a menudo más radicales manifestaciones del “fascismo de izquierdas”. A este respecto resulta ilustrativo este texto de la revista florentina “Italia e Civiltà”: “Sepan finalmente Roosvelt y Churchill, y todos sus congéneres, que los fascistas más conscientes, que han reconocido siempre en el comunismo a la única fuerza viva contrapuesta a la suya, han señalado como su verdadero enemigo no tanto a Rusia como a la plutocrática Inglaterra y a la plutocrática América. Igualmente ellos [los fascistas] han disentido en muchos puntos con los comunistas, pero también han estado de acuerdo en rechazar siempre, tanto unos como otros, la vieja sociedad liberal, burguesa, capitalista. Y sepan también, los Roosvelt y los Churchill y sus congéneres, que si la victoria no correspondiera al Tripartito, la mayoría de los fascistas auténticos que escaparan de la represión engrosarían las filas del comunismo. Quedaría así salvado el foso que hoy separa las dos revoluciones. Se produciría entre ellas un recíproco intercambio e influencia, hasta concluir en la fusión armoniosa”.(5)

El 22 de abril del 45, Enzo Pezzato manifestaba conjeturas equivalentes en “Repubblica Fascista”: “El Duce ha denominado social a la República italiana no por diversión; nuestros programas son resueltamente revolucionarios, nuestras ideas forman parte de las que un régimen democrático calificaría como de izquierda; nuestras instituciones son emanación directa y concreta de los programas; nuestro ideal es el Estado del Trabajo. Sobre esto no pueden existir dudas: nosotros somos proletarios en lucha, a vida o muerte, contra el capitalismo.. Somos revolucionarios a la búsqueda de un orden nuevo. […] El auténtico esperpento, el verdadero peligro, la amenaza contra la que combatimos sin cesar procede de la derecha”.(6)

Tras el 25 de abril [1945], estos propósitos toman cuerpo de varias formas: “mientras que en más de una ocasión se organizaron encuentros entre jóvenes missinos y comunistas –a menudo interrumpidos por ataques de ex-partisanos indignados- en nombre de una poco probable convergencia anti-burguesa que incidiera sobre la cuestión social”(7), la iniciativa más consistente estuvo representada por el “Pensiero nazionale” [El Pensamiento nacional].

Se trata de un quincenal fundado por Stanis Ruinas (1889-1974), un antiguo socialista que durante el “ventennio” había sido redactor de “L´Impero” y desde 1941 fue director de “Lager”, periódico de los trabajadores italianos en Alemania. Enrico Landolfi, que ha reconstruido la historia del “Pensiero nazionale”(8), sintetiza su línea política e ideológica en estos términos: “continuación, dentro de las nuevas condiciones del post-fascismo, de la lucha anti-plutocrática contra el capitalismo interno, representado por la DC [Democracia Cristiana] y protegido por las potencias occidentales vencedoras de la guerra, manifestaciones del dominio del oro en el ámbito internacional. Aliado natural: el bloque de izquierda dirigido por el PCI [Partido comunista italiano] y vinculado a la URSS, dentro del cual [“Il Pensiero nazionale”] se posiciona en autónoma convergencia”.

Sobre la base de estos y otros elementos, no resulta infundada en absoluto la hipótesis seriamente considerada por Domenico Leccisi: “Se ha escrito –recuerda este autorizado testimonio- que si el Partido Comunista no se hubiese declarado autor del fusilamiento de Mussolini y del exterminio de millares de fascistas en las sangrientas jornadas de abril (y meses sucesivos) de 1945, habría obtenido con seguridad la adhesión en masa de los jóvenes combatientes de la RSI. No estoy en posición de responder con certidumbre a semejante conjetura, aun cuando la presencia en las filas y en los cuadros del PCI de algunos sonoros apellidos de antiguos miembros del fascismo del ventennio hace la hipótesis bastante plausible”.(9)

Empero, la masa de los ex-combatientes de la RSI no se adhirió al PCI; y ni siquiera al PSI, si bien Mussolini había declarado su voluntad de dejar en herencia “la Socialización y todo lo demás a los socialistas y no a los burgueses”(10). De este modo, el partido fundado en la posguerra por fascistas republicanos, ese MSI que bien o mal afirmaba tener en la RSI su referente histórico reivindicando en cierto modo su herencia, bien pronto se alineó decididamente en la derecha (11), concertó alianzas electorales con los monárquicos y dio su apoyo a varios gobiernos democristianos. No obstante su inicial “negativa circunstancial”(12) al Pacto Atlántico, el MSI se convirtió bien pronto, so capa del anticomunismo, en la mosca cojonera del “partido americano” en Italia. Compitió en fanatismo pro-sionista con las sinagogas saragatianas y lamalfianas [ndt.- referente a Saragat y Lamalfa, líderes políticos del régimen italiano de posguerra] cuando se trataba de apoyar las agresiones israelíes contra los pueblos mediterráneos; vitoreó todas las “batallas por la civilización occidental”, desde la agresión americana contra Vietnam hasta la “operación de policía” contra Irak; finalmente se transformó en Alleanza Nazionale y envió a su secretario a una recepción del B´nai B´rith en los Estados Unidos.

Si Atenas llora, Esparta no ríe. La triste historia de la izquierda italiana, reducida al papel de amortiguador social al servicio de la usurocracia y del gran capital, se explica también mediante el hecho de que en la inmediata posguerra la fetichista “religión del antifascismo” impidió a la izquierda atraerse a los que habían combatido por los principios solidaristas y de justicia social incorporados al Manifiesto de Verona. Una contribución de fuerzas neo-fascistas habría podido dotar a la izquierda italiana de ese carácter patriótico del que por contra ha carecido casi siempre, al extremo de que a la postre se declaró abiertamente partidaria de la OTAN y de otros organismos imperialistas; habría reforzado su componente popular, evitando que se transformara en somatén de la burguesía accionista [ndt.- referente al Partido de Acción italiano] y liberal; la habría comprometido en el frente de las conquistas sociales, no precisamente en las “batallas de civilización” a favor del aborto o por los derechos de los degenerados sexuales.

En la Italia de la posguerra, el antifascismo y el anticomunismo cultivados ad arte han tornado imposible esa síntesis entre el elemento nacional y el elemento social que Drieu La Rochelle había visto plasmarse en Place de la Concorde el 6 y el 9 de febrero de 1934, cuando Jeunesses Patriotes y militantes comunistas, ex-combatientes y desempleados, se habían manifestados juntos contra la Cámara de Diputados, símbolo de la corrupción democrática, y contra el gobierno radical de la época. “He visto sobre esta plaza a los comunistas acercándose a los nacionales: mirarles, observarles nerviosos y con envidia. Ha faltado poco para que se unieran, en una masa enfervorizada, todas las energías de Francia”(13) –dice Gilles en la novela homónima. El personaje de Drieu “imaginaba que fascismo y comunismo caminarían en la misma dirección, una dirección que le complacía”.(14)

La union sacrée auspiciada por Drieu se convirtió en realidad en Rusia, donde los fascistas de Barkashov y los comunistas de Anpilov se han enfrentado juntos, con las armas en la mano, a los designios dictatoriales del gobierno proconsular de Yeltsin. El intento mundialista de someter el gran espacio ex-soviético ha provocado, como es sabido, el nacimiento de una oposición “roji-parda”, que expresa la reivindicación popular de todo aquello que la colonización liberal-democrática está poniendo en peligro: honor, dignidad, identidad espiritual, cultura tradicional, espíritu comunitario, independencia política. “Todos los que han constituido este bloque –nos dice textualmente Guenadi Ziuganov, el 17 de junio del 92- han comprendido que solamente las ideas de Estado y de justicia social pueden salvar nuestra Patria. Para un pueblo, la nacionalidad representa una coordenada vertical, mientras que la justicia social es la coordenada horizontal. Estos dos componentes son inseparables”. Palabras extremadamente cristalinas, y sin embargo el observador occidental no consigue comprender en absoluto cómo las banderas zaristas y las soviéticas puedan ondear, las unas junto a las otras, en las manifestaciones “roji-pardas”.

Drieu La Rochele, al contrario, lo había comprendido sesenta años antes.”Durante la guerra –pone en boca del protagonista de L´Agent double– he sido soldado. He sido feliz: servía. ¿A quién? ¿Al Zar? Quizás ¿A la Santa Ortodoxia? También ¿A Rusia? Cierto. Pero vosotros me contestaréis hoy, como dijisteis hace diez años: “Rusia no significa nada. Un país no es nada, es una masa indiferenciada. Rusia es o el Zar o el Comunismo”. Pero no, yo os respondo con toda la experiencia de mi vida y de la vuestra: ‘Rusia es el Zar y el Comunismo, y de otros muchos más’”.(15)

Y un poco más adelante escribe una frase que tiene gusto premonitorio y que ha sido en Rusia verificada realmente: “El siglo XX no acabará sin que asistamos a extrañas reconciliaciones”.(16)

No hay pues que asombrarse si hoy Drieu está de moda en Moscú. Un periodista italiano que en el verano del 93 visitó la redacción del diario “Sovetskaja Rossija” advirtió en el despacho del jefe de redacción, colgado de la pared, un manifiesto con esta frase:

“Imaginaos lo que, para la grandeza de Europa, significaría que en un futuro se reiniciara la colaboración secular entre la élite europea y las masas rusas para el aprovechamiento de los recursos del mundo”

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